miércoles, 24 de junio de 2015

La tentación de un desconocido - Emma Gigan



LA TENTACION DE UN DESCONOCIDO



Virginia salió tarde aquel día de trabajar. Se acercaban las navidades y tenía que terminar, antes de las fiestas, con todo el trabajo que se acumulaba al acabar el año. Los informes del cierre de ejercicio, debían ser elaborados en los primeros días del año que comenzaba y no admitían demora.

Se cerró bien su abrigo para que el frío aire de la noche no se colara por ningún resquicio y salió del edificio de oficinas en el que se encontraba para dirigirse a su casa.

Caminó, despacio, por aquellas solitarias calles, a esas horas, en dirección a la parada del autobús. Aunque eran ya las nueve de la noche, no tenía ninguna prisa por llegar a su solitario apartamento. Vivía sola desde que unos meses atrás se había separado de su pareja, con el que había vivido seis años. Desde entonces, su vida se había centrado en su trabajo y sus antiguas amigas que habían estado en todo momento a su lado desde su divorcio y con las que salía algunos fines de semana.

Estaba aproximándose a la parada, cuando decidió cambiar de idea y entrar en la cafetería que se encontraba justo al lado. Un café caliente le sentaría muy bien y ayudaría a que su cabeza se despejara, de todo lo que había tenido que realizar en su jornada de trabajo. Además, haría que entrase en calor, ya que sus piernas se estaban quedando heladas al llevar falda y zapatos.


Entró en aquel bar, que solía frecuentar en algunas ocasiones, y se sentó en el único taburete libre que quedaba en la barra. Pidió un café con leche y dejó, al lado de ella su bolso y, debajo del mismo, el libro que estaba leyendo.

Removió ensimismada el café esperando a que se enfriara un poco mientras varios pensamientos iban y venían de su mente. Desde sus obligaciones en el trabajo hasta la soledad de su hogar en aquellas fechas tan señaladas. Necesitaba, aunque fuera tan solo por unos minutos, el ruido de las conversaciones que se entablaban a su alrededor, en aquel pequeño pero acogedor local.

La barra se encontraba llena de gente y justo a su lado, se colocó un hombre que acababa de entrar y pidió una cerveza. Verónica se dio cuenta que su bolso, estaba ocupando el único lugar libre del mostrador y, por educación, lo quitó de allí y lo colocó encima de sus piernas. No prestó atención alguna a aquel desconocido al que ni siquiera había mirado a la cara al dejarle un hueco a su lado.

-Gracias –dijo educadamente el hombre.

Aquella voz con un timbre tan varonil, llegó hasta sus oídos y tuvo la sensación que le recorría todo el cuerpo, envolviéndola. Se dejó llevar por aquella ola de sensualidad y levantó la vista para poner cara a aquella voz tan seductora.

Tal y como había deseado, aquel hombre tenía un atractivo rostro y tan varonil como le había parecido aquel simple gracias que había pronunciado segundos antes. Su cabello era moreno, bastante corto y sus ojos tan oscuros y con una mirada tan intensa que consiguió que se ruborizase.

Aquel vergonzoso gesto, que no pudo reprimir, no le pasó por alto y sonrió divertido y satisfecho por la reacción de ella ante su presencia.

-¿No es un poco tarde para tomar café? –dijo intentando entablar alguna conversación con ella.

Aunque parecía algo seria, aquella chica llamó bastante su atención. La melena lisa que le llegaba un poco por debajo de los hombros brillaba con la iluminación del local. Sus facciones era delicadas y suaves, aunque su mirada reflejaba cierta tristeza. Era una mujer muy guapa y sencilla, con un maquillaje natural que solo resaltaba lo imprescindible. Aunque aquellos ojos de color miel no necesitaban nada que realzaran su belleza, tenían luz propia y brillarían aun con más fuerza si tan solo perdieran esa melancolía.

-Quizá si es algo tarde, pero tenía frio. Además, no me gusta beber sola en los bares. –Respondió sin querer entrar en dar más explicaciones a ese desconocido y reconocer que, en realidad, estaba retrasando encontrarse con la soledad de su casa.

-Perdona ¿Conoces algún sitio por aquí cerca en el que se cene bien? No soy de Madrid. Estoy aquí por mi trabajo y no conozco nada de esta zona.

El primer lugar que le vino a la cabeza, era un restaurante donde iba a comer la mayoría de los días y que le gustaba mucho por la sencilla y exquisita cocina tradicional con la que contaba.

-Hay un restaurante cerca de aquí, que te va a gustar. Te lo recomiendo. Aunque, ahora mismo, no recuerdo el nombre de la calle. Está en un patio entre dos edificios. Bajando unas escaleras.

-Creo que con esas indicaciones acabaré perdiéndome. No quisiera molestarte y, lo más probable, es que tengas otros planes pero ¿te importaría acompañarme? Aunque solo sea hasta un lugar en el que me pueda orientar con facilidad.

Lo miró pensativa y dudó si debía acompañar a aquel completo desconocido por las calles de aquella zona que, en su mayoría eran edificios de oficinas. Sin embargo, había algo en aquel hombre que transmitía confianza y, tras pensarlo unos instantes, accedió a su petición.

-De acuerdo. No tengo nada urgente que hacer, ni me espera nadie en casa, así que te acompañaré. Además no está muy lejos de aquí.

-Te lo agradezco. Por cierto. Me llamo Samuel ¿Y tú?

-Virginia. Encantada.- Le ofreció su mano y acepto. Sin embargo, no se conformó solo con aquel gesto. Se acercó a ella y le besó en las mejillas.

-Un placer Virginia. Al café te invitó yo. Por las molestias.

Al principio, se negó en rotundo a que pagara su consumición, pero Samuel no era un hombre que estuviera acostumbrado a recibir una negativa ni a que le dijeran que era lo que tenía que hacer.  Así que, al final se salió con la suya y al terminar de tomarse lo que cada uno había pedido, salieron a la calle en dirección al restaurante.

Por el camino, Samuel le contó el motivo de su viaje a Madrid. Tenía que acudir a diferentes reuniones en su empresa y pasaría ese día y el siguiente en la capital. También Virginia le comentó a que se dedicaba a grandes rasgos, ya que la distancia que había desde la cafetería hasta el restaurante no era muy larga.

-Bueno, Samuel, ya hemos llegado. Éste es el restaurante que te comentaba. Encantada de haberte conocido.

-Virginia ¿Quieres acompañarme a cenar? No me gusta comer solo y no tienes planes por lo que me has dicho. Déjame que te invite. Después de tomarte la molestia de acompañarme, es lo menos que puedo hacer.

-Ya me invitaste al café y, de verdad, que no ha sido ninguna molestia.

-Por favor, insisto. ¿Prefieres irte a cenar sola a tu casa en vez de cenar con un completo desconocido al que acabas de conocer? No eres de hacer locuras ¿Verdad? No soy un psicópata, te lo aseguro. –Bromeó él.- Solo soy un hombre normal que ha conocido a una chica atractiva y me gustaría cenar con ella.

Lo miró pensativa mientras decidía si aceptar su proposición. Nunca había cometido una locura como aquella. Porque para ella, aceptar su invitación, lo catalogaba como locura en grado máximo. Sin embargo, aquello quizá podría ser una de las pocas oportunidades que tendría para disfrutar de la vida. De experimentar algo alocado y añadir algo de color, a su gris y monótona vida.

-Está bien. Acepto tu invitación. Debo haberme vuelto loca. –Sonrió nerviosa por encontrarse en una situación en la que jamás se había visto.

-Bendita locura entonces. Vamos, hace frio aquí fuera y tengo hambre.

El local se encontraba casi vacío a excepción de unas pocas mesas ocupadas por alguna que otra pareja y hombres con traje, en lo que podría ser alguna cena de negocios. El camarero enseguida les acompañó a una mesa situada en el fondo; en un rincón demasiado íntimo para el gusto de Virginia.

Les pasó las cartas del menú y tomó nota del pedido. Mientras esperaban, continuaron hablando de sus vidas y sus gustos. Al final de la cena, mientras estaban tomando el café, Samuel hizo que ella pegara un pequeño respingo en la silla al formular una pregunta inesperada.

-¿Cuánto tiempo llevas separada?

-No te he dicho que lo estuviera. –Respondió a la defensiva.

-No ha hecho falta, aún tienes la marca del anillo en tu dedo.

De manera instintiva ella clavó su mirada en su mano y cambió su gesto por uno más serio.

-Va a hacer seis meses. Preferiría hablar de otra cosa si no te importa.

-Siento haberte molestado. No volveré a preguntarte por ello. Entonces ¿Cuánto tiempo haces que no disfrutas de buen sexo?

Virginia estuvo a punto de atragantarse con el café y le miró boquiabierta.

-Creo que mi vida sexual no es un tema por el que debas interesarte.

-Vamos, vi el libro que estabas leyendo. No me digas que estando libre y con lo bonita que eres no has tenido sexo en este tiempo.

Aquel comentario hizo que ella se enfadara.

-Un momento. Lo que yo lea, o deje de leer, es solo asunto mío. Al igual que con quien me acuesto o lo dejo de hacer ¿Te ha quedado claro? Debería marcharme a mi casa.

-Por favor, discúlpame de nuevo. Pensé que por la temática del libro también practicabas ese estilo de vida.

Virginia se quedó callada un instante, sin saber que contestar. No sabía que le había causado más impresión si el hecho de que hubiera supuesto que, practicaba lo que acontecía en la historia o que él, un hombre, lo hubiese leído. Sobre todo, porque la literatura erótica y esa trilogía en particular de una escritora muy conocida que trataba sobre relaciones liberales, no era la preferida por los hombres.

-¿Sabes de que tratan los libros?

-Los he leído, si. Además lo practico. –Respondió tranquilo y de forma serena. Todo lo contrario al estado de ánimo de ella en ese momento.

Abrió desmesuradamente los ojos mirándole como si fuese el mismísimo demonio quien se encontrara allí sentado a su lado.

-Me acabas de dejar sin palabras. Nunca había conocido a nadie que… bueno… hiciese eso.

Samuel sonrió divertido por el nerviosismo que experimentaba ella en aquel instante. Estiró su mano y acarició con suavidad el dorso de la mano de ella.

Un ligero cosquilleo y excitación ascendió por su brazo, haciendo que su cuerpo se acalorara y, en especial, entre sus piernas. Respiró hondo y despacio, procurando serenarse y recuperar el control de su cuerpo, que comenzaba a desear a aquel desconocido de forma inconsciente.

-Si me dieses la oportunidad, yo mismo te podría mostrar una parte de mi vida que no te imaginas lo que puede llegar a hacerte sentir. Jamás habrás tenido unos orgasmos tan intensos como los que te podría dar si me dejas.

Ahora sí que ella se encontraba en estado de shock. Su cuerpo y su mente se habían separado en algún punto de aquella conversación. Mientras su cuerpo se calentaba y humedecía a cada palabra que escuchaba. Su mente se negaba a escuchar cualquier palabra que tuviese relación con el sexo para no caer en la tentación. ¿Orgasmos, sexo? Había eliminado aquellas palabras de su vocabulario tiempo atrás y aquel desconocido, en algo más de una hora, había hecho resurgir con fuerza todos aquellos sentimientos que había conseguido bloquear.

-Ven conmigo a mi hotel, no te arrepentirás.

Su boca quería decir no. Su cuerpo pedía a gritos que dijese que si. Durante los escasos momentos en los que podía pensar con claridad. Se daba cuenta que jamás había deseado a un hombre con la intensidad que sentía por Samuel. ¿Y si, tal vez, el estuviese en lo cierto y aquella fuera la única oportunidad que tuviese para experimentar todo aquello? Nada la retenía. Solo su pudor y el lógico temor a enfrentarse a aquello que se desconoce.

Hacía mucho tiempo que había dejado de ser una niña. A sus 38 años, estaba orgullosa de su estilo de vida independiente y de sus logros profesionales. Podía hacer lo que quisiera aunque estar sometida toda su vida a los convencionalismos de la sociedad, la habían hecho descartar que aquel estilo de vida plasmado en los libros estuviese hecho para ella.

Volvió a pensarlo con calma y adoptó una determinación con respecto a Samuel.

-Para ti esto será tu vida cotidiana pero a mí me acabas de descolocar por completo. No estoy muy convencida que no hayas echado drogas en mi cena pero… mi respuesta es sí. Acepto tu oferta.

-¿Vendrás a mi hotel entonces? No quiero que dudes Virginia. Si vienes, lo haces libremente, no te estoy obligando a nada. ¿Estás segura que esto es lo que quieres?

-¿Primero me metes esas ideas en la cabeza y ahora me haces dudar?

-Por supuesto. Porque no quiero que te arrepientas después de lo que hagas. Ni tampoco que te sientas utilizada ni empujada a hacerlo. Solo te pido que si vienes conmigo es porque estás decidida del todo a hacerlo. Si no es así, continúa tu camino a casa y aquí no ha ocurrido nada.

Samuel estaba concediéndole una última oportunidad para que se retractara de la decisión tomada ¿Realmente quería olvidarse de todo aquel asunto? En lo más profundo de su mente, una vocecita le decía que no lo hiciese y así se lo dijo.

-Lo he pensado bien, bueno todo lo bien que he podido, a pesar de las circunstancias y sigo pensando que quiero pasar contigo esta noche.

Sin responder, hizo una seña al camarero para que les trajese la cuenta. Pagó con su tarjeta de crédito y se dirigieron hacia el hotel que no quedaba muy lejos de allí. Samuel pasó su brazo por la cintura de ella atrayendo su cuerpo para darle algo de calor en aquella fría noche de invierno.

Al girar una esquina, pegó el cuerpo de ella contra la pared y la besó con dureza.

-No podía esperar a que llegásemos al hotel.

Aquel beso la había dejado con las piernas temblando, la respiración acelerada y con deseos de que continuara besándola de aquella manera. Además de una urgencia descontrolada por ser penetrada en aquel mismo momento.

Aferró su muñeca y aceleró el paso, tirando de ella, impaciente por llegar cuanto antes al hotel. Al llegar, pasaron por delante de la recepción y continuaron tranquilos hacia el ascensor donde tuvieron que seguir disimulando delante de los huéspedes que se encontraban allí con ellos.

Ya dentro de la habitación, se despojaron con rapidez de los abrigos y Samuel atrajo aquel cuerpo, femenino y seductor, hacia sus brazos. Virginia le había excitado desde que había entrado en aquella cafetería y la había visto allí sentada sola y pensativa.

Más que besar, poseía su boca de manera brutal y apasionada. Sometiéndola a sus deseos y acabando con cualquier duda que ella aun pudiera tener con respecto a él. Samuel no se molestó ni en desnudarla, la condujo hacia la cama e indicó que se pusiera a cuatro patas encima de ella.

Virginia no comprendía como podía sentirse tan excitada, cuando ni siquiera había recibido la menor caricia. Su sexo pulsaba entre sus piernas deseando recibir una atención que no llegaba.

Se situó detrás de ella y subió la falda hasta las caderas, para después tirar de sus medias hacia abajo llevándose también su tanga. Al terminar de sacarle aquellas prendas por las piernas, se volvió a colocar detrás de ella e, inclinándose sobre su espalda, le susurró en el oído, mientras deslizaba sus dedos por entrada de su sexo y su clítoris.

-Estás empapada, cariño. Podría metértela entera, ahora mismo, de una sola vez. Sin preliminares, sin caricias, sin besos que prometan algo más que una noche de sexo desenfrenado y de lujuria. ¿Es lo que quieres? ¿Deseas que te lo haga de esa manera?

Virginia solo quería apagar aquella creciente necesidad de tenerle dentro. Sus palabras, acrecentaban el deseo y erotismo de aquella situación.

-Hazlo. No esperes más. Te necesito dentro de mí. –dijo susurrante.

Tras escuchar sus palabras, Samuel no perdió el tiempo y, poniéndose un preservativo que sacó de la cartera de su abrigo, se colocó detrás de ella y la penetró con una salvaje embestida. Continuó haciendo mientras sujetaba a la muchacha por la cadera con una mano y pasó la otra por debajo de ella para acariciarle su clítoris.

Estaba enloqueciendo de placer. Sentía su pene muy dentro de ella, entrando y saliendo, con rudeza, mientras sus dedos excitaban aquel punto de placer. Se estaba acercando al orgasmo a una velocidad asombrosa. Jamás había sentido algo tan intenso en toda su vida.

Samuel tampoco podría aguantar mucho tiempo sin alcanzar el placer. La visión de tenerla semidesnuda, en su poder, mientras la poseía con fuerza, era irresistible.

Las caricias en su clítoris se volvieron rápidas, al mismo ritmo que sus envestidas y Virginia se dejó llevar por el placer. Su vagina se contrajo por el orgasmo que explotó en su interior haciendo que él también lo alcanzara.

Se quedaron así los dos unos instantes, mientras su respiración se aquietaba y se recuperaban de aquella liberación que los había arrasado a ambos. No solo a ella, que era la primera vez que se dejaba llevar por el deseo de aquella forma descontrolada e irracional. Para él, aquella experiencia se había convertido en uno de los momentos más excitantes y prometedores que había vivido.

-Cariño, termina de desnudarte y ve a la ducha. Nos queda mucha noche por delante.

Sonrió satisfecha y le miró sin dar crédito a sus palabras.

-¿Me dirás dónde vamos?

-Ya te lo dije. Voy a mostrarte cual es mi estilo de vida. Pero no quería que la primera vez que tuviéramos sexo fuera delante de extraños. Si lo has pensado mejor, lo comprenderé. No te obligaré a nada, ni a hacer nada con nadie que no sea yo. Me limitaré a enseñártelo y que seas tú quien decida hasta dónde quieres llegar ¿Trato hecho?

-Trato hecho –sonrió satisfecha y, poniéndose de pie delante de él, comenzó quitarse el resto de las prendas despacio y de forma provocativa.

Contemplaba como ella le tentaba con aquellos lentos y sensuales movimientos. Sus pechos eran perfectos, ni muy grandes ni muy pequeños y se prometió a si mismo que, más tarde, saborearía aquellos pezones que le provocaban toda clase de pensamientos.

-Como no entres en la ducha de inmediato, vuelvo a tumbarte en la cama. –Su mirada cargada de deseo hizo, comprender a Virginia que estaba hablando muy en serio.

Ella soltó una carcajada y se dirigió hacia el cuarto de baño. Samuel siguió con su mirada aquel provocador cuerpo que ahora mismo contemplaba de espaldas. Pensándolo mejor, decidió que lo mejor sería acompañarla en la ducha. Quería recorrer cada centímetro de aquella suave piel sin demora.

Comenzó a quitarse su ropa mientras pensaba en todas las cosas que le apetecía hacer con ella. Iba a ser una noche muy larga y empezaba a tener la sensación que, con ella, no todo acabaría en unas horas. Había sido toda una sorpresa para él y por una vez en mucho tiempo, se planteó conocer a una mujer en profundidad y no solo satisfacer sus deseos para olvidarla después.



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